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9.5.23

 

Imagen sob licença Creative Commons por Congerdesign

Mi corazón tiene un pequeño agujero ahora que ya no estás, y no sólo el mío, sino de todos que lo querían.

Te fuiste muy rápido, de manera inesperada pero hasta lo último estuviste cuidando de nosotros en cada detalle, para que no nos preocupáramos cuando ya sospechabas de que todo estaba mal. Nos cuidabas con la risa, la voz fuerte que llenaba el ambiente, el buen humor y el deseo por reunir la familia en un asado cuando todo pasara.

Cuando todo estuviera bien,

Pero eso nunca pasó.

Nunca podré decirte como estoy agradecida por como me aceptaste en tu casa como de la propia familia, como me acompañaste a los primero exámenes para estar en la facu y como compartimos estos últimos momentos con aquel bentó preparado con cariño.

Gracias por nuestra última charla, por darme esperanzas que existe el amor en el mundo y por todos los momentos que pudimos compartir. Y gracias por decir lo orgulloso que estabas de mí.

Nadie nunca dijo que decir adiós es fácil, porque no lo es. Son en estos momentos que uno debe entender que no está mal poner todo para fuera, llorar si necesario, escribir, dibujar, hacer lo que sea para que todas las emociones se externalicen y no es malo estar mal, sólo es parte del proceso del duelo.

Tampoco es motivo para que uno se sienta mal toda la vida, pero aprender a recordar los buenos momentos y aprender de lo bueno que fue.

Sí, estoy triste que te fuiste pero me quedo con esa buena sensación de lo que aprendí en los últimos tiempos sobre amor, familia, el compartir y como nuestras acciones afectan y marcan a la gente de manera que no imaginamos. Porque al final del día, son las pequeñas cosas que importan.

Estará todo bien.

Que descanses y no te preocupes, vamos a estar todos bien.

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