Miraba con
mucha atención aquella empanada de carne que reposaba en mi plato, tratando de
entender en qué momento había llegado acá.
Crisis.
Era la palabra
que mi mente gritaba con toda la furia, pero ¿qué tipo de crisis? ¿Laboral?
¿Existencial? ¿Económica? ¿Todas?
Todavía no
podía comerla, ya que mi mente hacía preguntas que yo no sabía si podría
contestar. ¿En qué momento tomé la decisión que me trajo hasta acá?
Me había
despertado temprano como todos los días, bañándome rápido, ya que no tocaba día
de lavar el pelo, cepillé los dientes en automático y me puse la ropa que había
separado el día de ayer.
La rutina me
consumía, más de lo que me estaría gustando. Las ojeras cada día más profundas,
el protector en la muñeca para evitar otra crisis de tendinitis. La mochila
pesaba en mi hombro y sabía que era hora de salir. Pero mi cuerpo se
resistía.
Otra más
sobreviviendo en el sistema capitalista.
Una sonrisa a
la vecina, un saludo al encargado y un sonreír de ojos al perrito que cruzaba
la calle. Bajé al subte y ahí vi el puestito de empanadas. No debería comer
harinas tan temprano, pero podría preguntar cuánto sale.
— Buen día, ¿a
cuánto tenés la empanada de carne? — pregunté ya buscando la billetera en la
mochila.
— Buenas, la de
carne está $9.000 y te puedo hacer tres por $26.500 si querés. — El pibe con la
gorra al revés masticaba un chicle mientras me atendía. — ¿Querés? — Repitió
trayéndome devuelta a la realidad.
— ¿$9.000 una
empanada de carne? — Levanté una ceja sin poder creerlo.
— Sí, mamita.
¿Vas a querer, una o tres?
— No,
gracias…
Me fui antes que pudiera decir cualquier
otra cosa. Era un robo, ¡¿hechas de oro estaban?! Caminé por el andén mientras
contornaba a todas aquellas personas con el hocico pegado a la pantalla del
celular. Empujé un par al subir al tren tratando de encontrar un lugar que
fuera cómodo en esa lata de sardina de trabajadores desalmados, no por que
fueran malas personas, pero porque seguramente el laburo nos estaba matando de
a pocos y creo que lo hablo por mí, más que por ellos.
Bajé del subte y caminé
apurada, no me gustaba para nada llegar tarde, pero mi salvación era la
cafetería del trabajo, ahí vendían empanadas, nunca las había probado, pero
deberían ser buenas, ¿no? De todos modos, cualquier empanada vendría bien a
este punto.
— Una empanada,
por favor. — Pedí controlando la hora en el celular, supongo que no cuenta como
llegar tarde si ya estoy en la oficina.
— Son $10.000,
¿te la caliento acá o así tibiecita está bien? — Mis ojos casi huyen de mi cara
al escuchar el precio. Estábamos todos locos.
— ¿Cómo? ¿Pero
cuántas empanadas son?
— Una — dijo
prácticamente poniéndome los ojos en blanco.
— ¿Sabés qué?
Voy tarde a una reu, así que paso después. Gracias.
Me fui de ahí
antes que decidieran cobrarme un riñón por querer agregar un cortado, ni que
fuera una cafetería gourmet.
Bajé las
escaleras todavía pensando en el sabor de una buena empanada de carne cortada a
cuchillo. Mi mente se iba mientras terminaba un reporte para un cliente
cualquiera. Hasta que volé a mis primeros días en la Ciudad de la Furia, apenas
mudada a mi primer monoambiente alquilado en Balvanera, caminaba tres pasos y
con eso ya habría recorrido todo el departamento. Un chiste, pero era lo que
podía pagar.
Me cocinaba mucho
en esta época, pero cuando me daba un gustito era con la empanadita, una docena
solo para mí; almuerzo, merienda y cena. Caseritas, ¡tan ricas!
Entonces todo
empezó a aumentar; alquiler, comida, servicios.
Crisis.
Entonces media
docena de almuerzo y cena, un nuevo monoambiente y más gastos de la vida
adulta. Pero que rico sentir como el juguito de la carne se te corre por los
dedos, bien jugosita.
— Flor, ¿ya
terminaste el reporte? — Mi jefa me trajo a la tierra mientras mi panza se
quejaba de que el sabor había sido un sueño.
— Sí, ahí ya
envío y te pongo en copia en el mail.
— Gracias.
El día se
sintió vacío, terminé más reportes de lo que me gustaría, las ojeras seguro se
marcaban más y el pelo esponjoso por la humedad terrible de la oficina.
El almuerzo muy triste; una
ensalada en pote que vendían en una de esas máquinas expendedoras pedorras,
“hay que ser sanos” decían en la ofi, mientras la sanidad mental se iba a la
m… Crisis.
La gran insatisfacción
laboral amargaba mi vida, ya no sabía qué hacer con los dólares y mi estómago
solo quería una puta empanada. ¿Tan difícil es darse un gustito? Abrí la app
del banco en el celular y empecé a hacer cuentas. ¿Llegaría a fin de mes si
comprara dos empanadas de carne?
Terminada la
jornada laboral, caminé por las calles todavía sintiendo ese vacío hasta que vi
una placa en un bodegón, mis ojos brillaron, el precio era accesible. Corrí
como si mi vida dependiera de eso, sería una cena temprana, pero la
disfrutaría.
Me senté, hice
el pedido y no tardó mucho en llegar. Una empanada, $1.500… No podía creer que
esto me sorprendiera, ¿qué tan bajo estaba llegando?
La empanada me
miraba como si tuviera culpa. El pensamiento me saltó a la mente devuelta. Había
llegado acá a partir de todas mis decisiones y de todas las crisis que viví
durante la vida, muchas de las cuales no generé yo, sólo traté de sobrevivir y
a veces pienso que capaz debería mudarme a otro lado u otro país. Una vida de
crisis constantes, de contar monedas constantemente por más que tenga un
trabajo en blanco.
Pero había
elegido eso… seguir acá, la facu, el trabajo, el monoambiente, la comida… Ah,
la comida.
— Señorita,
¿está todo bien con su empanada? — Me preguntó el mesero al ver que no la había
tocado durante quince minutos seguidos.
— Sí, sí. Es
que esto es muy nuevo para mí.
— Sí, es la
primera vez que estamos probando con la carne de burro.
