Empanada de carne

29.6.26

 


Miraba con mucha atención aquella empanada de carne que reposaba en mi plato, tratando de entender en qué momento había llegado acá. 

Crisis. 

Era la palabra que mi mente gritaba con toda la furia, pero ¿qué tipo de crisis? ¿Laboral? ¿Existencial? ¿Económica? ¿Todas? 

Todavía no podía comerla, ya que mi mente hacía preguntas que yo no sabía si podría contestar. ¿En qué momento tomé la decisión que me trajo hasta acá?

Me había despertado temprano como todos los días, bañándome rápido, ya que no tocaba día de lavar el pelo, cepillé los dientes en automático y me puse la ropa que había separado el día de ayer. 

La rutina me consumía, más de lo que me estaría gustando. Las ojeras cada día más profundas, el protector en la muñeca para evitar otra crisis de tendinitis. La mochila pesaba en mi hombro y sabía que era hora de salir. Pero mi cuerpo se resistía. 

Otra más sobreviviendo en el sistema capitalista. 

Una sonrisa a la vecina, un saludo al encargado y un sonreír de ojos al perrito que cruzaba la calle. Bajé al subte y ahí vi el puestito de empanadas. No debería comer harinas tan temprano, pero podría preguntar cuánto sale. 

— Buen día, ¿a cuánto tenés la empanada de carne? — pregunté ya buscando la billetera en la mochila. 

— Buenas, la de carne está $9.000 y te puedo hacer tres por $26.500 si querés. — El pibe con la gorra al revés masticaba un chicle mientras me atendía. — ¿Querés? — Repitió trayéndome devuelta a la realidad. 

— ¿$9.000 una empanada de carne? — Levanté una ceja sin poder creerlo. 

— Sí, mamita. ¿Vas a querer, una o tres?

— No, gracias… 

Me fui antes que pudiera decir cualquier otra cosa. Era un robo, ¡¿hechas de oro estaban?! Caminé por el andén mientras contornaba a todas aquellas personas con el hocico pegado a la pantalla del celular. Empujé un par al subir al tren tratando de encontrar un lugar que fuera cómodo en esa lata de sardina de trabajadores desalmados, no por que fueran malas personas, pero porque seguramente el laburo nos estaba matando de a pocos y creo que lo hablo por mí, más que por ellos. 


Bajé del subte y caminé apurada, no me gustaba para nada llegar tarde, pero mi salvación era la cafetería del trabajo, ahí vendían empanadas, nunca las había probado, pero deberían ser buenas, ¿no? De todos modos, cualquier empanada vendría bien a este punto. 

— Una empanada, por favor. — Pedí controlando la hora en el celular, supongo que no cuenta como llegar tarde si ya estoy en la oficina. 

— Son $10.000, ¿te la caliento acá o así tibiecita está bien? — Mis ojos casi huyen de mi cara al escuchar el precio. Estábamos todos locos. 

— ¿Cómo? ¿Pero cuántas empanadas son?

— Una — dijo prácticamente poniéndome los ojos en blanco. 

— ¿Sabés qué? Voy tarde a una reu, así que paso después. Gracias. 

Me fui de ahí antes que decidieran cobrarme un riñón por querer agregar un cortado, ni que fuera una cafetería gourmet. 

Bajé las escaleras todavía pensando en el sabor de una buena empanada de carne cortada a cuchillo. Mi mente se iba mientras terminaba un reporte para un cliente cualquiera. Hasta que volé a mis primeros días en la Ciudad de la Furia, apenas mudada a mi primer monoambiente alquilado en Balvanera, caminaba tres pasos y con eso ya habría recorrido todo el departamento. Un chiste, pero era lo que podía pagar. 

Me cocinaba mucho en esta época, pero cuando me daba un gustito era con la empanadita, una docena solo para mí; almuerzo, merienda y cena. Caseritas, ¡tan ricas!

Entonces todo empezó a aumentar; alquiler, comida, servicios. 

Crisis. 

Entonces media docena de almuerzo y cena, un nuevo monoambiente y más gastos de la vida adulta. Pero que rico sentir como el juguito de la carne se te corre por los dedos, bien jugosita. 

— Flor, ¿ya terminaste el reporte? — Mi jefa me trajo a la tierra mientras mi panza se quejaba de que el sabor había sido un sueño. 

— Sí, ahí ya envío y te pongo en copia en el mail. 

— Gracias. 

El día se sintió vacío, terminé más reportes de lo que me gustaría, las ojeras seguro se marcaban más y el pelo esponjoso por la humedad terrible de la oficina. 

El almuerzo muy triste; una ensalada en pote que vendían en una de esas máquinas expendedoras pedorras, “hay que ser sanos” decían en la ofi, mientras la sanidad mental se iba a la m…  Crisis.

La gran insatisfacción laboral amargaba mi vida, ya no sabía qué hacer con los dólares y mi estómago solo quería una puta empanada. ¿Tan difícil es darse un gustito? Abrí la app del banco en el celular y empecé a hacer cuentas. ¿Llegaría a fin de mes si comprara dos empanadas de carne? 

Terminada la jornada laboral, caminé por las calles todavía sintiendo ese vacío hasta que vi una placa en un bodegón, mis ojos brillaron, el precio era accesible. Corrí como si mi vida dependiera de eso, sería una cena temprana, pero la disfrutaría. 

Me senté, hice el pedido y no tardó mucho en llegar. Una empanada, $1.500… No podía creer que esto me sorprendiera, ¿qué tan bajo estaba llegando? 

La empanada me miraba como si tuviera culpa. El pensamiento me saltó a la mente devuelta. Había llegado acá a partir de todas mis decisiones y de todas las crisis que viví durante la vida, muchas de las cuales no generé yo, sólo traté de sobrevivir y a veces pienso que capaz debería mudarme a otro lado u otro país. Una vida de crisis constantes, de contar monedas constantemente por más que tenga un trabajo en blanco.

Pero había elegido eso… seguir acá, la facu, el trabajo, el monoambiente, la comida… Ah, la comida. 

— Señorita, ¿está todo bien con su empanada? — Me preguntó el mesero al ver que no la había tocado durante quince minutos seguidos. 

— Sí, sí. Es que esto es muy nuevo para mí. 

— Sí, es la primera vez que estamos probando con la carne de burro. 


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